Pudimos ser el gran hub aeroportuario de América Latina… pero elegimos no serlo
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Pudimos ser el gran hub aeroportuario de América Latina… pero elegimos no serlo

Criticar no es falta de patriotismo; al contrario, es un acto de amor al país. México no necesita aplausos complacientes; necesita exigencia

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Por: Ian Poot Publicado: 09/01/2026


Pudimos ser el gran hub aeroportuario de América Latina… pero elegimos no serlo

Foto: Ilustrativa

Acabo de regresar de Hong Kong y aún tengo fresca la impresión de haber pasado por uno de los aeropuertos más asombrosos del planeta: el Hong Kong International Airport, una obra creada por Norman Foster, ganador del Premio Pritzker y responsable de algunos de los aeropuertos más importantes del mundo. Caminar por ese aeropuerto es entrar, sin exageración, varias décadas al futuro. Es ver lo que significa planear con seriedad, ejecutar con excelencia y construir infraestructura que proyecta identidad nacional y ambición global. Todo funciona con precisión quirúrgica: señalización impecable, espacios pensados para millones de pasajeros y una armonía entre diseño, tecnología y movilidad que te hace sentir en un país avanzado, competitivo y, en pocas palabras, ganador.

Volver a México después de ver eso es enfrentarse a un contraste doloroso. Me comí una chapata en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) —cara y desabrida, si la comparamos con la comida internacional y deliciosa con cientos de opciones que pude disfrutar tan sólo en el Aeropuerto de Hong Kong, y ese simple detalle resume una realidad: nuestro principal aeropuerto está cansado, saturado, parchado y muy lejos de lo que debería ser una nación miembro del G20. Remodelaron un poco las llegadas internacionales, lo justo para recibir el Mundial, pero las llegadas nacionales continúan con la misma imagen de siempre: deterioradas, insuficientes, descuidadas. Es el típico “barrer donde pasa la suegra”, una modernización selectiva que solo busca impresionar al visitante extranjero y que ignora —como tantas veces— a los propios mexicanos.

dormir en un avión ropa cómoda

Foto de Gary Lopater en Unsplash

Frente a él, nuestro otro aeropuerto: el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA). Nuevo y limpio, sí. Pero nuevo no es sinónimo de competitivo. El AIFA funciona como un aeropuerto regional, no como el aeropuerto internacional principal de un país que quiere jugar en las grandes ligas. No tiene conectividad estratégica, no tiene rutas de largo alcance, no atrae vuelos internacionales, no genera demanda y no opera con los niveles de carga que prometieron. Tan es así que cuando se intentó obligar a aerolíneas estadounidenses a mudarse ahí, Estados Unidos nos sancionó. Y aunque movieron por decreto parte de la carga, el AIFA sigue sin despegar ni en tráfico, ni en impacto, ni en relevancia global.

Y lo más doloroso es que hace no mucho México sí tenía entre manos un proyecto que podía convertirnos en el hub más importante de América Latina. Un aeropuerto diseñado por Norman Foster, financiado con bonos verdes, con inversión privada, con visión de largo plazo y con la posibilidad real de transformar la conectividad aérea del país. Se canceló alegando corrupción, pero jamás se presentó una sola carpeta de investigación. No hubo responsables, no hubo pruebas, no hubo seguimiento. Solo se canceló. Y, además, pagamos la cancelación de manera brutal: indemnizaciones millonarias, demandas de inversionistas internacionales como BlackRock, pérdida de confianza, retrocesos en la calificación aeronáutica y un daño reputacional que nos va a acompañar durante años. Un país serio simplemente no hace eso.

Hoy, cualquier mexicano que quiera volar a Asia, Europa o Sudamérica sabe que terminará dependiendo de un hub extranjero: Estados Unidos, Panamá, Bogotá, incluso Cancún antes que la Ciudad de México. Porque mientras nosotros dimos pasos hacia atrás, otros países avanzaron, se consolidaron, compitieron y ganaron.

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Cuando mencioné esto en un video, no faltaron quienes me llamaron clasista, malinchista, exagerado, “quédate en Hong Kong”. Incluso gente del sector turístico —que debería entender la importancia estratégica de la conectividad aérea— se ofendió. Pero criticar no es falta de patriotismo; al contrario, es un acto de amor al país. México no necesita aplausos complacientes; necesita exigencia. Hay quienes prefieren que el mexicano no aspire, no cuestione, no compare, no sueñe. Como si pedir excelencia fuera una amenaza. Como si apuntar más alto fuera traición. Muchos confunden orgullo con resignación, como si México estuviera destinado a aceptar siempre menos. No es así. A México lo acostumbraron a menos.

Al final, no se trata de comparar aeropuertos; se trata de comparar visiones. Hong Kong construyó infraestructura para liderar el futuro. Nosotros cancelamos la nuestra para seguir viviendo en el pasado. Y mientras México no asuma que la grandeza exige valentía, técnica, planificación y la capacidad de corregir errores sin complejos, seguiremos viendo desde la sala de espera cómo otros países despegan mientras nosotros seguimos revisando boletos en un aeropuerto que se nos quedó chico hace décadas.

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