En un mundo cada vez más consciente de los impactos del cambio climático, un fenómeno turístico emerge con fuerza: el “turismo de última oportunidad” (last-chance tourism, en inglés), donde viajeros acuden a destinos vulnerables para presenciar su belleza antes de que desaparezcan o se transformen irreversiblemente. Aunque este tipo de viajes abarca sitios como la Gran Barrera de Coral en Australia o los glaciares de Patagonia, la Antártida se ha convertido en el epicentro de esta tendencia, atrayendo a miles de visitantes ansiosos por ver icebergs calvando y pingüinos en hábitats amenazados. Sin embargo, expertos advierten que esta avalancha turística podría estar acelerando el mismo colapso que busca documentar.

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El concepto de last-chance tourism se define como la atracción hacia lugares naturales en riesgo debido al calentamiento global, como el derretimiento de glaciares, el blanqueamiento de corales o la pérdida de hábitats polares. En la Antártida, este impulso ha impulsado un boom: durante la temporada 2022-2023, más de 104,897 turistas visitaron el continente, un incremento significativo desde los 75,000 en 2019-2020. Este crecimiento, que duplica las cifras pre-pandemia, se debe en parte a la percepción de la Antártida como “la última frontera del mundo”, un lugar donde el cambio climático es visible en tiempo real, con icebergs desprendiéndose y especies como pingüinos y osos polares luchando por sobrevivir.

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Los motivadores para estos viajes varían. Un estudio de la Universidad Estatal de Carolina del Norte identificó cuatro razones principales: experiencia y aprendizaje (31%), vínculo social (28%), aventura (23%) y, en menor medida, la urgencia de ver el sitio antes de que cambie. Para muchos, es una “oportunidad de por vida” o una celebración familiar, pero para otros, es explícitamente last-chance: presenciar el derretimiento antes de que sea tarde. Cruceros de expedición, que cuestan entre 10,000 y 50,000 euros por persona, ofrecen actividades como kayak entre pingüinos o tours en helicóptero sobre glaciares, atrayendo a un público elite dispuesto a pagar por la exclusividad.

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Sin embargo, este auge plantea un paradójico dilema ético y ambiental. Los impactos negativos son alarmantes: las emisiones de carbono de los cruceros antárticos son hasta ocho veces superiores al promedio de un viaje internacional, contribuyendo directamente al calentamiento que acelera el derretimiento. Cada visitante genera alrededor de 4.14 toneladas de CO2, equivalente a las emisiones anuales de una persona promedio. Además, el hollín negro (black carbon) de los motores de los barcos se deposita en la nieve, reduciendo su reflectividad y causando la pérdida de hasta 83 toneladas de nieve por turista. Esto agrava la fusión de glaciares, amenazando ecosistemas frágiles que albergan krill, focas, ballenas y aves marinas.

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Otros riesgos incluyen la introducción de especies invasivas a través de ropa o equipo de turistas, que podrían alterar la biodiversidad costera, la más rica del continente. El disturbio a la fauna silvestre, como pingüinos alterando sus rutas por la presencia humana, y daños en sitios de visita también se multiplican con el aumento de desembarcos.
Críticos argumentan que este turismo explota la crisis climática en lugar de mitigarla, aunque algunos operadores promueven la “embajada ambiental”: turistas que regresan como defensores de la conservación. No obstante, encuestas revelan que el 59% de los pasajeros de cruceros antárticos no perciben que su viaje impacta el clima, y menos del 7% compensa sus emisiones.
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La regulación actual recae en la Asociación Internacional de Operadores Turísticos Antárticos (IAATO), que promueve prácticas sostenibles como límites de desembarcos basados en la actividad de la fauna y educación ambiental. Sin embargo, organizaciones como la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) y la Coalición Antártica y Océano Austral advierten que la autorregulación es insuficiente ante el crecimiento exponencial, proponiendo límites geográficos y topes a la visitación para proteger el continente.
Mientras destinos como la Antártida se convierten en símbolos de la fragilidad planetaria, el last-chance tourism plantea una pregunta urgente: ¿pueden estos viajes inspirar acción global, o solo aceleran la despedida? Expertos como Ashley Perrin, guía de Aurora Expeditions, recomiendan elegir operadores éticos y compensar emisiones para minimizar daños. En última instancia, la sostenibilidad depende de equilibrar la curiosidad humana con la preservación de estos tesoros helados, antes de que sea demasiado tarde.



