Las Islas Canarias están en un punto crítico con el turismo. No es que los locales odien a los visitantes —muchos viven de eso—, pero el modelo actual les está pasando factura heavy.
En 2024, el 20 de abril, unas 57.000 personas se echaron a la calle en las siete islas. Pancartas con “Canarias no está en venta”, “Moratoria turística ya” y “Respeta mi casa”. Organizaron unas 20-25 asociaciones ecologistas y sociales. Pedían límite al número de turistas, un impuesto ecológico de verdad, parar la construcción de más hoteles y frenar la venta de viviendas a extranjeros. El motivo principal: los alquileres por Airbnb y similares han subido tanto que familias canarias no pueden pagar un piso decente en su propia isla. Además, el agua escasea, las carreteras colapsan, la basura se acumula y el entorno natural se resiente con tanto pie encima.

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El presidente regional, Fernando Clavijo, reconoció que no se podía seguir mirando para otro lado, porque si no, los hoteles seguirían abriendo sin control. Un manifestante lo dejó claro: “No es contra el turista, es contra un modelo que no beneficia a esta tierra”.
La cosa no se calmó. En mayo de 2025 volvieron las marchas masivas, otra vez con el grito “Canarias tiene un límite”. Miles en Tenerife, Gran Canaria, Lanzarote, Fuerteventura y más, incluso ecos en ciudades de la península. Hablaban de atascos brutales, colapso en la sanidad en temporada alta, desalojos para meter hoteles de lujo y un “colapso total”, como dijo un hotelero de Tenerife. Una abogada de Gran Canaria soltó: “No buscan calidad, solo más y más turistas. Nos están aplastando”.

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Y ahora, en 2026, el tema sigue candente. Fodor’s Travel ha vuelto a meter a las Canarias en su “No List” por segundo año (o tercero, dependiendo cómo lo mires), recomendando repensar el viaje por el overturismo insostenible: más de 7.8 millones de visitantes solo en la primera mitad de 2025, récord tras récord, carreteras saturadas, ecosistemas frágiles y comunidades que ven poco del dinero que genera el turismo (que es más del 35% del PIB y da empleo al 40% de la gente).
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No es un veto total, sino un aviso: las islas son increíbles, pero necesitan un respiro. Hay medidas nuevas, como tasas para subir al Teide o regulaciones a los pisos turísticos, pero muchos sienten que es poco y tarde. El turismo trae dinero, sí, pero si no se redistribuye bien y se pone freno, el paraíso se puede convertir en un sitio donde vivir es cada vez más complicado para quien nació ahí.
Al final, los canarios solo piden equilibrio: disfrutar de su tierra sin que se la quiten de las manos.




