Mandinga, el escape ideal en Veracruz más allá del Puerto
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Mandinga, el escape ideal en Veracruz más allá del Puerto

La Laguna de Mandinga, Veracruz, mezcla manglares, aves y mariscos frescos; paseos en lancha, kayak y atardeceres que saben a son jarocho y toritos

Por: México Ruta Mágica Publicado: 20/02/2026


Mandinga, el escape ideal en Veracruz más allá del Puerto

Foto: X / @serveracruzano1

La Laguna de Mandinga, en Veracruz, es un pedacito de paraíso biodiverso donde los manglares arman todo el show. Tres especies mandan en el paisaje: el mangle rojo (Rhizophora mangle) con sus raíces zancudas que parecen patas de araña gigante, atrapando lodo y creando escondites perfectos; el mangle negro (Avicennia germinans), más resistente a la sal y con hojitas que dejan cristales blancos; y el mangle blanco (Laguncularia racemosa), que se acomoda en las zonas menos inundadas. A veces se cuela el botoncillo (Conocarpus erectus) en los bordes, pero los tres principales tejen una red verde densa que llega a miles de árboles por hectárea.

Debajo del agua y en el fango vive un mundo acuático brutal: jaibas, camarones, ostiones y un montón de moluscos se reproducen entre las raíces. Peces juveniles como mojarras, lisas, robalos y pargos usan estos canales como nursery ideal: ahí crecen a salvo de depredadores antes de aventurarse al mar.

Foto: X / @monerorape

En el aire, las aves se roban el protagonismo. Garzas de todos los colores —blancas, azules, tricolores, rojizas— cazan en las orillas; garcetas, ibis, cormoranes, pelícanos pardos y fragatas comparten el cielo con gavilanes caracoleros que bajan en picada por caracoles. Migratorias como chorlitos, playeritas y patos hacen escala aquí, mientras residentes como el chipe manglero (esa reinita amarilla típica de manglares) y el pato real revolotean entre las ramas. Hay también búhos y tiranos que no se van nunca.

Foto: X / @castonio

Reptiles como iguanas y basiliscos trepan por los troncos, anfibios aparecen en las partes menos saladas, y mamíferos —murciélagos frugívoros, mapaches, armadillos— rondan los bordes. Todo encaja en una cadena frágil: hojas caídas alimentan detritívoros, peces chicos sostienen aves, raíces fijan el suelo. Mandinga es prueba viva de que un humedal costero chiquito puede sostener una explosión de vida impresionante si lo cuidamos.

¿Qué hacer en Mandinga?

Mandinga, ese pueblito tranquilo al sur de Boca del Río en Veracruz, es un escape perfecto donde la laguna se convierte en el centro de todo. Dividida en Laguna Chica y Laguna Grande, el agua refleja manglares espesos y un cielo que cambia de color según la hora. No hay playa de arena, pero el encanto está en esa mezcla de agua salobre, vegetación y vida silvestre que se mueve sin prisa.

Foto: X / @Turisteando_Ver

Lo más común es subirse a una lancha para recorrer los canales entre manglares. Los paseos duran una o dos horas y te llevan por esteros estrechos, pasando islotes y zonas donde el agua parece un espejo. Un highlight es el Túnel del Beso, un pasillo natural hecho por las ramas entrelazadas de los manglares: entras y sientes como si el bosque te abrazara, ideal para fotos o simplemente para quedarte callado admirando. Otro spot que no falla es la Isla de las Conchitas, un islote chiquito cubierto de arbustos y miles de conchitas marinas diminutas que crujen bajo los pies y dan un masaje natural si te animas a caminar (o nadar) por ahí.

¡Turismo de aventura!

Si vas en kayak, el plan se pone más activo: empresas como Remanglar organizan tours los fines de semana, y puedes remar por los mismos canales, acercarte más a las raíces y ver detalles que desde la lancha se pierden. Algunos guías te explican cómo cultivan ostiones en granjas flotantes de la Laguna Grande, o te muestran técnicas de pesca local mientras el agua está calmada.

Foto: X / @DonRoberTJ

La fauna aparece sin que tengas que buscarla mucho. Pelícanos pardos se zambullen por pescado, garzas blancas y azules patrullan las orillas, gaviotas y cormoranes se secan las alas al sol, halcones pasan volando bajo y patos nadan en bandadas. En temporada migratoria, llegan cientos de aves más que usan la laguna como parada. Abajo, entre las raíces, hay peces juveniles y ostiones creciendo en esas granjas que terminan fresquísimos en los platos.

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Y hablando de comer, los restaurantes se alinean principalmente en la orilla de la Laguna Chica, con mesas que miran directo al agua. Lugares como El Típico de Mandinga o La Llegada del Pescador sirven lo mejor de la costa: coctel de camarones bien cargado, mojarra frita crujiente, filete de pescado al chipotle, pescado relleno gratinado, arroz a la tumbada, camarones enchilpayados y ostiones frescos recién sacados. De postre, plátanos flameados; y para rematar, un torito de guayaba, coco o guanábana que pega rico con la brisa. Muchos tienen música en vivo: jaraneros tocando son jarocho, zapateado y a veces bailarines folclóricos que le dan vida al ambiente.

Foto: X / @serveracruzano1

Es un plan relajado, perfecto para familias, parejas o amigos. No necesitas mucho: bloqueador, gorra, repelente, lentes de sol y cámara (o el celular). Llega en auto por la Riviera Veracruzana (unos 25-30 minutos desde Boca del Río o el puerto), en taxi, o en autobús costero desde Veracruz o Boca. Mandinga no es un destino gigante con hoteles lujosos (la mayoría se queda en Boca), pero es auténtico, fresco y de esos lugares que te dejan con ganas de volver pronto. El atardecer tiñe todo de naranja y la paz se siente en serio.

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