Muchas veces nos mueve la curiosidad y el deseo de vivir experiencias que den sabor a la vida. Esta vez, el destino nos llevó a Tequisquiapan, Querétaro, joya del semidesierto mexicano donde la historia se mezcla con el vino, la tradición y el arte culinario. Durante el Festival Raíces y Sabores, celebrado por segunda ocasión, descubrimos un lugar que respira hospitalidad y conserva la esencia de los pueblos con alma.
Consintiendo el alma y el paladar
En pleno corazón de Tequis, sobre la calle Morelos no. 12, Hotel Boutique La Granja se erige como un oasis rústico. Alójate en este refugio creado con piedra y adornado con bugambilias. Su patio central con alberca invita al descanso, mientras las habitaciones miran hacia un jardín donde el agua murmura serenidad. Desde este lugar, basta un corto paseo para llegar a la Plaza Reforma, trazada entre los siglos XVI y XVII. Bajo su sombra, el tiempo parece detenerse y la vida cotidiana transcurre al ritmo pausado de un pueblo que conserva su historia viva.

Foto: Alessvisuals / Pexels

En la terraza de Vika Sakana, la fusión entre la cocina mexicana contemporánea y sabores internacionales se traduce en platos memorables: gyozas mariqueras, medallones de pollo rellenos, hamburguesas con tocino y un mousse de coco con piña rallada que deja un dulce recuerdo. Acompañamos la experiencia con aguas frescas de pepino y jamaica: la frescura perfecta para una mañana queretana.
¿Qué más encontrarás en Tequisquiapan?
En la Plaza Miguel Hidalgo, el aire se llenó de notas de vino, risas y música. Más de 15 productores locales compartieron sus creaciones en el festival gastronómico, celebrado por segunda ocasión, permitiendo dar a conocer en cada puesto una historia de amor al oficio así como las maravillas que brotan de tierras queretanas: vinos artesanales desde 280 pesos (Rosma Malbec, Puerta del Cielo, Misiones Chapalet), quesos con vino, hierbas o nuez desde 170 pesos y productos orgánicos como aderezos, tomates y mermeladas de Délice d’Liz desde 60 pesos.
Tras un día de sabores y descubrimientos, la calle Paseo de la Media Luna resguarda el refugio perfecto, Hotel St. George. Con spa, temazcal, alberca y jacuzzi siempre cálido, ofrece un ambiente ideal para parejas y familias.


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En su restaurante Mimbre, el chef Arath dirigió una cata a ciegas donde el paladar fue el protagonista. Degustamos hummus verde de quintoniles, pescado en hoja de plátano con risotto de chile poblano y un cerdito de piloncillo con helado de vainilla y tocino de miel. Cada plato, un viaje sensorial que maridaba con vinos blancos, rosados y tintos.
Entre quesos, tomates y brindis
Entre hileras de tomates rojos, amarillos y esmeralda, la huerta Délice d’Liz combina tecnología francesa con pasión mexicana. Cultivan cuatro variedades —kakao-délice, déli-tropical, mon petit cœur y esmeralda—, cada una con color y carácter propios. Aquí aprendimos sobre riego, temperatura y técnicas orgánicas, y al final cosechamos nuestros propios tomates. Un lujo sencillo: probar el sabor del campo recién cortado.

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Quesos y mucho más
En la calle Ezequiel Montes, la quesería La Biquette nos recibió con el aroma de los quesos de cabra añejados y las historias de quienes los crean. Entre catas y pan artesanal, probamos combinaciones con nuez, hierbas y cajeta. También producen jabones naturales y dulces caseros. Abren todos los días de 9:00 a 18:00 horas, y cada visita es una lección sobre paciencia y oficio.
Para terminar esta ruta sabor a campo, visitamos los Viñedos El Sueño, dirigidos por Alfredo Aliseda, donde el arte y el vino conviven en armonía. Desde la entrada adornada con murales, esculturas doradas y una colección de Mustangs, todo invita a la admiración. La experiencia incluye una cata con vinos, paella, mousse de chocolate y champagne servida en una cava subterránea que resguarda 58,800 botellas, el botellero más alto de Latinoamérica.




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Alfredo nos compartió su sueño: construir un hotel con villas, campo de golf y más restaurantes, para ofrecer una experiencia completa donde el vino y la vida se confunden en una misma copa.
Tequisquiapan no solo se visita, se vive. Es el lugar donde los sabores se convierten en recuerdos, el arte en paisaje y la hospitalidad en promesa de regreso.
Entre viñedos, plazas y huertas, esta joya queretana invita a brindar por la tierra, por la tradición y por todo aquello que hace de México un país para saborearse con el alma.
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