Safaris humanos: turismo de horror que no deberíamos olvidar
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Safaris humanos: turismo de horror que no deberíamos olvidar

La pregunta más urgente ya no es por qué el mundo produce monstruos, sino cuántos de esos monstruos se confunden entre nosotros

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Por: Ian Poot Publicado: 20/02/2026


Safaris humanos: turismo de horror que no deberíamos olvidar

Foto de Damian Patkowski en Unsplash

En la antesala del 2026 volvió a abrirse uno de los capítulos más perturbadores que dejó la guerra de los Balcanes: la existencia de presuntos “safaris humanos” durante el asedio de Sarajevo, entre 1992 y 1996. Las investigaciones recientes señalan que ciudadanos adinerados, principalmente europeos occidentales y norteamericanos, habrían pagado fuertes sumas de dinero para viajar a las colinas que dominaban la ciudad y actuar como francotiradores contra la población civil. No eran soldados; eran turistas del horror, consumidores de violencia extrema que convertían la vida de otros en un espectáculo.

La acusación describe una lista de precios macabra, donde incluso disparar contra un niño tenía un costo adicional. A décadas de distancia, la fiscalía de Milán ha abierto nuevas investigaciones basadas en testimonios que intentan arrojar luz sobre un acto que desafía cualquier noción de humanidad.

Este fenómeno, una verdadera pesadilla, revela que el turismo también puede convertirse en un vehículo de deshumanización absoluta. No es coincidencia que, años después, la cultura popular transformara esta inquietud en ficción.

En 2005, se estrenó Hostel, la película de Eli Roth donde turistas estadounidenses eran secuestrados, torturados y asesinados por millonarios europeos que pagaban por matarlos. Aunque era ficción, el impacto fue real: países como Eslovaquia y la República Checa, asociados en la trama con violencia y criminalidad, sufrieron una caída notable en la percepción turística. Tanto así que el gobierno eslovaco llegó a invitar personalmente al director para mostrarle la verdadera realidad del país y así contrarrestar el daño a su imagen internacional.

La ficción había influido en la economía real, replicando —a la inversa— la misma lógica del prejuicio que muchas veces Occidente proyecta hacia los “otros”.

Ese es el punto al que debemos volver siempre: la narrativa eurocentrista. Durante décadas, el cine y los medios han asignado papeles muy claros a los villanos y a los héroes. Los malos suelen ser los rusos, los árabes, los latinos, los europeos del este. Los buenos, en cambio, casi siempre son los estadounidenses, los británicos, los europeos occidentales. James Bond salva al mundo.

El Capitán América nos rescata. Superman cae del cielo para protegernos. Pero cuando observamos la realidad sin filtro, las estadísticas y los hechos nos obligan a cuestionar ese guión: el país con mayor número de asesinos seriales documentados no está en Europa del Este ni en América Latina; está en Estados Unidos.

Foto de Nik Shuliahin 💛💙 en Unsplash

El mismo país que suele representarse como salvador universal tiene una larga historia de violencia interna y externa. Y Europa Occidental, tan frecuentemente presentada como “civilizada”, también cargó con episodios como el colonialismo, las guerras mundiales y, como vemos ahora, la participación de ciudadanos en atrocidades como los safaris humanos de Bosnia.

Esto no busca demonizar regiones ni razas; al contrario, busca romper con la comodidad de los estereotipos. El mal no es patrimonio de un país ni de un color de piel. Los verdaderos monstruos no son los que nos han enseñado a temer en las pantallas, sino aquellos individuos capaces de mirar a un niño por el visor de un arma y apretar el gatillo como parte de una experiencia pagada.

Y en plena era de la información, mientras seguimos creyendo que ese tipo de barbarie quedó en el pasado, ya hay reportes de personas que viajan a zonas de conflicto actuales para observar bombardeos en vivo, como si la tragedia de otros fuera una atracción turística más.

Hoy, la guerra entre Israel y Gaza nos muestra otro rostro del mismo fenómeno. Desde ciertos miradores habilitados en las zonas israelíes cercanas a la Franja, se han registrado grupos que acuden a observar cómo caen los misiles sobre edificios civiles del otro lado de la frontera, como si se tratara de un espectáculo. Incluso, algunos pagan por acceder a puntos privilegiados o por experiencias guiadas que explican la dinámica del conflicto mientras los bombardeos ocurren en tiempo real. Para muchos, la escena es insoportable, para otros, es un tour.

Foto de Patrick Perkins en Unsplash

Y así, mientras en Gaza familias enteras corren para ponerse a salvo de la destrucción, alguien en la colina de enfrente observa el destello de un misil y lo interpreta como una fotografía memorable.

Este es el verdadero núcleo de la reflexión: desde los años noventa hasta hoy, no hemos cambiado tanto como quisiéramos pensar. Los escenarios, las guerras y los actores se transforman, pero la pulsión humana por convertir el sufrimiento ajeno en entretenimiento permanece. Ya sea en Sarajevo, en la ficción de Hostel, o en los miradores sobre Gaza, la misma sombra recorre nuestra historia reciente: la de quienes pagan por ver morir a otros, y la de quienes se acostumbran a que eso exista.

Cerrar los ojos ante esta realidad sería permitir que siga creciendo. Si algo debería estremecernos —a quienes vivimos del turismo, a quienes contamos historias, a quienes viajamos— es la certeza de que nada deshumaniza tanto como convertir la vida de otro en un espectáculo. Y mientras existan personas dispuestas a pagar por ver la muerte, la pregunta más urgente ya no es por qué el mundo produce monstruos, sino cuántos de esos monstruos se confunden entre nosotros, disfrazados de espectadores curiosos.

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