Monte Testaccio, la montaña de basura de la antigua Roma que no creerás que existe
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Monte Testaccio, la montaña de basura de la antigua Roma que no creerás que existe

El Monte Testaccio es una colina artificial de Roma hecha con millones de ánforas de aceite, prueba del enorme consumo y comercio que sostuvo al Imperio

Por: México Ruta Mágica Publicado: 23/01/2026


Monte Testaccio, la montaña de basura de la antigua Roma que no creerás que existe

¡Imagina una colina entera en el corazón de Roma, Italia, hecha casi exclusivamente de pedazos de ánforas rotas! Ese es el Monte Testaccio, un montón artificial de unos 35 metros de alto que guarda los restos de millones de recipientes que, durante siglos, trajeron aceite de oliva a la ciudad. Esta “montaña de cerámica” no es solo un curioso vertedero antiguo: es la prueba más impresionante de cuánto dependía la antigua Roma de ese líquido dorado que llamaban “oro líquido”.

El aceite de oliva llegó a ser indispensable en la vida cotidiana de los romanos, mucho más que un simple ingrediente de cocina. Lo usaban para cocinar, claro: aliñaban ensaladas, freían, guisaban y hasta lo mezclaban con garum (esa salsa fermentada de pescado que ponían en todo). Pero iba mucho más allá. En una época sin electricidad, las lámparas de aceite iluminaban casas, calles y templos; una familia promedio consumía litros y litros al año solo para tener luz después del atardecer.

En las termas, era el rey: los romanos se untaban el cuerpo con aceite antes de sudar, luego lo raspaban con el strigil para limpiar la piel y dejarla suave. Servía también como medicina casera —para quemaduras, dolores o como base de ungüentos— y hasta en rituales religiosos, como ofrenda a los dioses o para ungir atletas antes de las competencias.

Foto: Roberta Sorge / Unaplash

El consumo era brutal: se calcula que un romano promedio tomaba entre 20 y 25 litros al año, lo que representaba una buena parte de sus calorías diarias. Para abastecer a una ciudad de más de un millón de habitantes (la más grande del mundo antiguo), el imperio tuvo que importar cantidades enormes, sobre todo de la Bética (el sur de la actual España) y del norte de África.

Los olivos se extendieron por las provincias, los productores se organizaron en grandes fincas y el comercio se volvió un negocio de estado: el aceite formaba parte de la annona, el sistema de distribución gratuita o subsidiada para los más pobres.

Foto: Lucio Patone / Unsplash

¿Y qué tiene que ver el Monte Testaccio con todo esto?

Imagina caminar por las calles de Roma y toparte con una colina que no es natural, sino un montón gigante de basura antigua. Eso es el Monte Testaccio, un lugar que parece sacado de un libro de historia pero que está ahí, en pleno barrio de Testaccio, al sur del centro histórico de la ciudad. Este monte artificial se encuentra cerca del río Tíber, en lo que fue el antiguo puerto fluvial de Emporium, donde llegaban mercancías de todo el imperio.

Foto: X / @BuhosNo

Hoy en día, está rodeado de edificios modernos, bares y mercados, pero su esencia sigue siendo un testimonio vivo de cómo funcionaba la economía romana hace dos mil años. Si vas a Roma, lo encuentras fácilmente: toma el metro línea B hasta Piramide, camina un poco hacia el sur y ahí está, integrándose en el paisaje urbano como si nada.

En cuanto a sus medidas, el Monte Testaccio impresiona por su tamaño. Actualmente mide unos 35 metros de altura, aunque se cree que en su momento álgido llegó a los 50 metros o más, antes de que el tiempo y las excavaciones lo erosionaran. Su circunferencia es de casi un kilómetro, con un diámetro aproximado de 250 a 300 metros, cubriendo una superficie de unos 20.000 metros cuadrados.

¿Qué más?

El volumen total se estima en alrededor de 580.000 metros cúbicos, y lo más loco es que todo esto está hecho de fragmentos de cerámica: se calcula que hay restos de entre 50 y 53 millones de ánforas rotas. No es una colina cualquiera; es un vertedero organizado, donde los romanos apilaban pedazos con precisión, usando cal para evitar olores y descomposición de residuos orgánicos. Es como si hubieran construido una pirámide, pero de cacharros viejos.

Foto: X / @DrJEBall

La historia de este monte está íntimamente ligada al aceite de oliva, ese “oro líquido” que era vital para los romanos. Todo empezó en el siglo I a.C., cuando Roma se convirtió en una metrópolis con más de un millón de habitantes.

El aceite no solo se usaba para cocinar –en ensaladas, frituras o como base de salsas como el garum–, sino para todo: iluminar lámparas en casas y calles, untarse en las termas para limpiar la piel, como medicina para heridas o incluso en rituales religiosos. Cada romano consumía unos 20 litros al año, y para abastecer a la ciudad, el imperio importaba cantidades masivas desde provincias lejanas.

Foto: X / @DrJEBall

¿Y de dónde salía tanto aceite?

La mayoría de las ánforas venían de la Bética, en el sur de la actual España (Andalucía), donde se producía aceite en fincas enormes. Otras llegaban de África del Norte, como Túnez o Libia. Estas vasijas de terracota, altas como una persona y con forma de pera, transportaban hasta 70 litros cada una. Una vez vacías, no se reutilizaban porque el aceite impregnaba la arcilla y se ponía rancio, atrayendo plagas. En vez de tirarlas al río o quemarlas, los romanos las rompían y las acumulaban en este sitio específico, cerca de los almacenes (horrea) y el puerto.

Foto: X / @DrJEBall

Entre el siglo I y III d.C., se apilaron capas y capas, formando rampas para que los carros subieran y descargaran. Era un sistema eficiente: los fragmentos se organizaban en terrazas, y muchos aún conservan marcas pintadas, llamadas tituli picti, con datos como el origen, el peso, el productor o el año. Gracias a eso, los arqueólogos han reconstruido rutas comerciales, nombres de mercaderes y hasta la cantidad de aceite importado: unos 6 millones de litros al año solo de España.

El Monte Testaccio es un sitio arqueológico protegido, y no puedes subirte por tu cuenta como si fuera un parque. Para visitarlo, necesitas un tour guiado. Los tours duran una hora o dos, y cuestan alrededor de 10-15 euros por persona.

Foto: X / @DrJEBall

¿Qué ver en el Monte Testaccio?

Lo que verás es fascinante: entras por una puerta controlada y caminas por excavaciones que revelan cortes transversales del monte, como si cortaras una tarta y vieras las capas. Ahí están los restos de las ánforas por millones: pedazos rojos de terracota, apilados en patrones ordenados, con inscripciones visibles en algunos.

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Puedes tocar fragmentos (con cuidado, claro), ver cómo se integran raíces de árboles modernos en la cerámica antigua, y entender cómo este “basurero” era en realidad un archivo de la economía romana. Algunos tours incluyen vistas desde arriba, donde aprecias el tamaño y el barrio abajo, con sus mercados de comida y vida nocturna. No esperes ruinas grandiosas como el Coliseo; es más bien un lugar sutil, pero si te gusta la historia real, te deja pensando en cómo algo tan cotidiano como el aceite moldeó un imperio.

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