En las Cascada El Chiflón, la naturaleza se desata en un espectáculo que quita el aliento. Imagínate caminar por un sendero rodeado de selva tropical húmeda, donde el aire huele a tierra mojada y hojas verdes. El río San Vicente corre juguetón entre rocas, formando pozas de un turquesa tan intenso que parece pintado, gracias a los minerales que arrastra de las montañas.
La vegetación es exuberante: cañaverales altos que se mecen con la brisa, palmeras que dan sombra fresca, y árboles grandes como cedros, caobas y chicozapotes que se elevan orgullosos. Entre ellos cuelgan orquídeas silvestres y bromelias de colores vibrantes, algunas aferradas a las ramas como joyas olvidadas. Todo esto crea un dosel verde que filtra la luz del sol en rayos dorados, haciendo que el lugar parezca sacado de un sueño.

Foto: X / @SECTUR_mx
Y la fauna… uf, está viva por todos lados. Escuchas el canto de aves tropicales que revolotean entre las copas: loros, tucanes, colibríes zumbando cerca de las flores. De pronto, un mono aúlla en la distancia o ves el movimiento rápido de un coatí entre los arbustos. En las pozas más tranquilas, peces pequeños nadan en cardúmenes, y en algunos rincones más salvajes, reptiles como iguanas toman el sol sobre las piedras calientes. Hay mariposas de alas iridiscentes que parecen volar en cámara lenta, y libélulas que danzan sobre el agua cristalina.

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Este rincón de Chiapas es un pedacito de biodiversidad pura, donde todo convive en equilibrio: el agua que nutre, las plantas que sostienen, los animales que completan el ciclo. Es de esos lugares que te recuerdan lo increíble que es la vida cuando la dejamos ser. Simplemente, respira hondo y déjate llevar por el rumor constante del agua y el verdor infinito.
¿Qué hacer en las Cascada El Chiflón?
Este rincón mágico, escondido en el municipio de Tzimol, cerca de Comitán, es como un parque de diversiones natural donde el río San Vicente se luce con sus caídas de agua que suman unos 120 metros en total. No es solo ver cascadas; es vivirlas. Vamos a desglosar lo que puedes hacer ahí, paso a paso, para que te armes un plan chido.

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Primero, lo básico: llega temprano, tipo 8 o 9 de la mañana, para evitar el calor y las multitudes. El centro ecoturístico te recibe con estacionamiento, un restaurante con platillos regionales como tamales chiapanecos o pozol fresco, y una tiendita de artesanías donde puedes comprar souvenirs hechos por locales. Paga la entrada –suele ser alrededor de 50 pesos por persona, aunque chequea actualizaciones– y ya estás listo para la acción.

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La estrella principal es el sendero principal, un camino de unos 1.2 kilómetros que sube suave pero constante, con más de mil metros de longitud total si cuentas los desvíos.
Es perfecto para hacer senderismo: camina entre cañaverales altos, palmeras que dan sombra y una vegetación exuberante con orquídeas y bromelias colgando como decoraciones navideñas.
Mientras avanzas, vas descubriendo las cascadas una por una: empieza con El Suspiro, una caída modesta de 25 metros que te da la bienvenida con su rocío refrescante. Luego viene Ala de Ángel, de unos 60 metros, que parece un ala desplegada.

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¿Qué más?
No te pierdas los miradores escénicos; hay pasarelas de madera y escaleras que te llevan a puntos panorámicos donde puedes sacar fotos épicas del agua turquesa cayendo en pozas cristalinas. Sigue hasta Arcoíris y Quinceañera, que forman piscinas naturales ideales para un chapuzón rápido. Y el gran finale: Velo de Novia, la cascada reina con 70 metros de altura, que se ve como un velo blanco vaporoso. El sonido del agua “chiflando” –de ahí el nombre– es hipnótico, como si la naturaleza te estuviera silbando una canción.
Si te late la adrenalina, no te saltes la tirolesa. Hay una que cruza el río San Vicente justo enfrente de Velo de Novia, ofreciendo vistas alucinantes mientras vuelas a toda velocidad. Es segura, con equipo profesional, y cuesta extra, pero vale cada peso por esa descarga de emoción.

Foto: X / @_cafe_moka_

Foto: X / @RiveraBertha


Para los más aventureros, hay opciones de ciclismo de montaña en senderos cercanos o incluso rafting y tubing en secciones del río, dependiendo de la temporada y el nivel del agua. Si prefieres algo más tranqui, nada en las albercas naturales al pie de las cascadas –el agua es fría pero revitalizante, con tonos azules que parecen de postal. Lleva traje de baño, toalla y zapatos para agua, porque las rocas pueden ser resbalosas.

Foto: X / @RiveraBertha
Para cerrar con la Cascada El Chiflón
Para los observadores de la naturaleza, este lugar es un paraíso. Mientras caminas, estate atento a la fauna: iguanas tomando sol en las piedras, coatíes curiosos entre los arbustos, y aves como tucanes o colibríes zumbando alrededor.
Hay un pequeño museo en el centro que explica la flora, fauna e historia de la región, ideal para aprender un poco antes de explorar. Si quieres extender la visita, acampa en la zona designada –tienen áreas con fogatas y baños básicos– o renta una cabaña rústica con vistas al río. Imagínate despertando con el rugido de las cascadas de fondo. Por la noche, el cielo estrellado es brutal, lejos de la contaminación lumínica.

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Muchos combinan El Chiflón con un tour a las Lagunas de Montebello, que están a un rato en auto. Hay excursiones guiadas desde San Cristóbal o Tuxtla Gutiérrez que duran todo el día, incluyendo transporte, guías y hasta rafting en las lagunas. Si vas por tu cuenta, lleva repelente de mosquitos, bloqueador solar, snacks y agua –aunque hay puestos de comida sencilla en el sitio. El mejor momento es en temporada seca, de noviembre a abril, para evitar lluvias que suban el caudal.
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