Por México Ruta Mágica y Eme Media
En el centro histórico de Manzanillo, cada rincón guarda una historia y cada momento invita a contemplar la inmensidad natural. Es aquí donde el alma del puerto se aprecia en sus sabores únicos, en sus paisajes que combinan ciudad, mar y montaña, y en la calidez de su gente dispuesta a compartir un trozo de su tierra.

Foto: Subsecretaría de Turismo de Colima
El corazón de Manzanillo amanece entre aromas de comal y voces que ofrecen lo del día. En el Mercado 5 de Mayo, los puestos rebosan de sazón y memoria. Aquí, el pozole seco comparte mesa con los tacos de cochinita —muy distintos a los Yucatán; llevan salsa de col con chile de árbol y se acompañan de repollo con zanahoria y chiles en vinagre—. Comer en el mercado es compartir historia en cada bocado; es oír cómo la cuchara y la risa se mezclan con la música del día que empieza.
Refugios entre el murmullo urbano
A unos pasos del mercado, el Iguanario Archundia resguarda cientos de iguanas reposando sobre las ramas, conviviendo con los visitantes en un santuario urbano que ha sido, por casi medio siglo, símbolo de respeto y conservación.


Foto: Subsecretaría de Turismo de Colima

La sed de esta ruta a pie bajo el sol te lleva a un sitio donde la tradición se sirve en vasos escarchados: bar El Social, que, con su aire de otra época, abre sus puertas como lo ha hecho siempre: sin prisa. Las botanas llegan y las anécdotas se extienden alrededor de su barra circular tan distintiva, mientras el reloj parece olvidar que afuera el puerto sigue trabajando.
¿Qué más aparte del centro de Manzanillo?
Y para continuar la travesía, a solo 20 minutos del centro caminando, el Cerro de la Cruz invita a mirar desde arriba lo que late abajo. La subida se vuelve un pequeño ritual: el cuerpo asciende y, con él, el alma del viajero. Desde la cima, Manzanillo se abre como un mapa vivo: el océano al frente, las bahías que se curvan, la Laguna de Cuyutlán extendiéndose como un espejo verde, y los barcos que, sin pausa, van y vienen del puerto más importante del país. Es un mirador donde el viento se vuelve confidencia y el horizonte, promesa.


Foto: Subsecretaría de Turismo de Colima

Encuentros con lo inesperado
La tarde se tiñe de dorado y el malecón se convierte en escenario. La escultura del pez vela, símbolo del puerto, resguarda los últimos rayos del sol mientras las olas repiten su canto. A su alrededor, los vendedores, las familias y los viajeros comparten instantes con los turistas y transeúntes.
A pocos minutos del malecón, el viajero descubre una playa íntima, el Tapo de Ventanas, donde el mar se adormece en la orilla. No hay grandes hoteles ni multitudes, solo palapas donde el pescado llega del mar directo al plato.

Foto: Subsecretaría de Turismo de Colima



Y si te gusta aventurarte entre las olas, te espera el Sistema Arrecifal Artificial de Colima (SAAC) frente a la Bahía de Santiago en Manzanillo, que con el hundimiento controlado de dos exbuques, creó hábitats marinos para favorecer la biodiversidad, impulsar el ecoturismo y fortalecer la economía local.
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Para cerrar
Cuando la luz se apaga, llega el momento de un último antojo. Las tortas estilo Manzanillo, con pierna en adobo, son el broche perfecto. Su sabor mezcla historia y pertenencia: la receta se transmite de generación en generación, como una brújula que siempre apunta hacia el mar.

Foto: Subsecretaría de Turismo de Colima
Explorar el centro histórico de Manzanillo no requiere itinerario, solo disposición para dejarse guiar por los sentidos. Aquí, cada paso tiene ritmo, cada vista un color, y cada sabor un eco de puerto que invita a quedarse un poco más.
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