No. 53 Mariposa monarca, la migración de las almas

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La Llorona, el lamento que estremece a México - Artículo de México Ruta Mágica

La Llorona, el lamento que estremece a México

Su alma sigue penando por las noches, buscando a los hijos que nunca encontrará

Foto: México Ruta Mágica

En muchas poblaciones de México todos, desde niños y personas jóvenes hasta adultos mayores, reconocen el tétrico lamento “¡Ay, mis hijos!”, proferido por el espectro de una mujer vestida de blanco que recorre las calles por las noches, flotando.

Esa mujer es conocida como La Llorona, que grita y llora en busca de sus hijos a los que, cuenta la leyenda, habría matado y arrojado a un río, por lo que es en las poblaciones que tienen río, o donde hubo uno, donde más se aparece la fantasmal figura.

Unos dicen que su rostro es descarnado y sus vestidos, raídos; otros más aseguran que es una mujer elegante de gran belleza y, los menos, que se trata de una calavera; depende de cada región la manera en que la miran, pero en todas partes grita siempre “¡Ay, mis hijos!”

Y así como en cada lugar La Llorona tiene un aspecto diferente, así también cambian las versiones acerca de su origen, aunque la mayoría la ubica en la época Colonial, después de la Conquista, cuando había grandes diferencias entre las diferentes castas.

La versión más famosa está basada en las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, uno de los conquistadores a quien se le atribuye los relatos más fieles de lo que ocurrió en esa etapa de la historia de México y de una buena parte de América.

El amor que condenó a La Llorona

De acuerdo con la leyenda, La Llorona era una mujer indígena que sostenía una relación oculta con un caballero español, a quien después de algún tiempo pidió dejar de esconderse y formalizar su unión, pero él se negó a dicha petición por pertenecer a “la alta sociedad”.

Ese hecho detonaría la tragedia que dio origen a la leyenda más famosa de todo México. Al verse rechazada, la mujer despertó por la noche a sus hijos, una niña y un niño que no rebasaban los ocho años de edad, tomó un puñal y los llevó a un río cercano.

Ya en la ribera del afluente, obnubilada por el despecho, descargó su ira en forma de puñaladas sobre los pequeños cuerpos, una y otra vez, hasta dejarlos sin vida y los arrojar al río, que los arrastró hasta desaparecerlos.

Una vez pasado el trance, la ingrata mujer se dio cuenta de la atrocidad que había cometido, se llevó las manos al rostro y un segundo después comenzó a correr siguiendo el curso de la corriente, buscando los cuerpos de los pequeños, que nunca más volvió a encontrar.

Se dice que, al momento, perdió la razón y desde esa y todas las demás noches se escuchó su desgarrador grito, “¡Ay, mis hijos!”, con el que lamentó, durante algunos años hasta que murió, la atrocidad cometida.

Hoy la gente asegura que su alma sigue quebrando la tranquila atmósfera nocturna con su lamento, buscando a los hijos que nunca encontrará, porque ese es su castigo eterno.



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