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Museo Robert Brady

Intimidad artística

Si existe un lugar que representa por sí sólo la belleza de Cuernavaca, es la casa de Robert Brady, hoy un museo que alberga más de mil piezas de arte reunidas por el pintor y diseñador estadounidense a lo largo de su vida

Imagina que vas caminando por las calles de Cuernavaca y de pronto, a la distancia, ves a un hombre que sobresale de entre los demás transeúntes. De paso firme y semblante serio pero afable, no son sólo sus más de dos metros de estatura lo que lo distingue sino, precisamente, su personalidad, amén de sus túnicas brillantes a las que solía acompañar con collares de plata con aplicaciones de lapislázuli y cinturones metálicos.

Estamos hablando de Robert Brady, un diseñador, pintor, coleccionista y auténtico trotamundos estadounidense que, después de visitar la ciudad de la eterna primavera, enamorado de la calidez de la gente y del benévolo clima, decidió establecerse en 1962 en este bello rincón de la república mexicana, al que eligió por encima del efusivo folclor suramericano, los indómitos paisajes africanos, o la exquisita arquitectura de Europa.

En aquel año, Robert Brady adquirió “La Casa de la Torre”, una propiedad que fue parte del exconvento franciscano de la Catedral de Cuernavaca, edificado en el siglo XVI, y que se distinguía justamente por la torre que, a principios del siglo XX, el segundo obispo de Cuernavaca, Francisco Plancarte y Navarrete, mandó remodelar para utilizarla como observatorio astronómico. Es aquí donde, actualmente, podemos asomarnos al tesoro que Brady dejó a Morelos, a México y al mundo.

Más que un museo

Visto desde el exterior, el edificio en el que se encuentra el Museo Robert Brady es muy parecido a otros de la calle Netzahualcóyotl; aun en el vestíbulo, quien lo visita por primera vez no tiene la menor idea de la experiencia que se encuentra a punto de vivir. “Lo que van a ver”, nos dice Sergio, nuestro guía, “no es un museo, sino una casa, la casa de Robert Brady, tal como él vivía en ella”.

no es un museo, sino una casa, la casa de Robert Brady, tal como él vivía en ella”.

Hay que subir una escalera de cantera que, en la planta alta, desemboca en una especie de plazuela privada en cuyo fondo hay un jardín. Unos cuantos escalones más, pocos en realidad, y nos encontramos en el interior de la casa de Robert Brady, y pareciera, al atravesar la puerta, que nos encontramos en otra dimensión, en otro tiempo, en un lugar donde no cabe el mundo y en el que, paradójicamente, éste se encuentra representado de diferentes maneras.

Desde el momento en que adquirió la propiedad, Robert Brady se encargó de remodelar y decorar cada una de sus 14 habitaciones y, prácticamente, no hay espacio en ellas que no esté ocupado por una obra de arte. En sus muros conviven trabajos de los grandes monstruos de la pintura mexicana como la mismísima Frida Kahlo, Diego Rivera o José Clemente Orozco, así como de artistas de otras latitudes como el alemán Max Beckmann o los estadounidenses Maurice Prendergast y Milton Avery.

Detrás de las primeras piezas se encuentra el jardín “interior” de la casa, en el que se puede contemplar los muros cubiertos de hiedra que brindan al espacio un carácter bucólico y hasta onírico. En medio del césped perfectamente podado se encuentra una piscina de tamaño mediano y, en el fondo, una terraza cubierta por un tejado que resguarda una colección de máscaras, esculturas y utensilios de civilizaciones africanas, suramericanas, de Oceanía, India, el lejano Oriente y mesoamericanas; sin duda, uno de los espacios más confortables e interesantes de la casa donde regularmente Brady departía con sus amigos.

Más allá se encuentran el comedor -con múltiples alusiones a San Pascual Baylón- y la cocina, donde reina un retrato en óleo de María, la cocinera de Robert Brady, hecho por él mismo, y trastos en barro fijados en las paredes.

La casa que Brady “construyó”

Robert Brady nació en Fort Dodge, Iowa, Estados Unidos, el 3 de febrero de 1928, en el seno de una familia acomodada. Su inclinación artística lo llevó a estudiar en el Instituto de Arte de Chicago, en el Centro Tyler de las Artes de la Universidad de Temple y en la Fundación Barnes en Pennsylvania. Su padre era propietario de una compañía de transportes y los recursos de la familia le permitieron realizar viajes alrededor del mundo desde muy joven.

El espíritu artístico de Brady experimentaba una particular fascinación por el color y la luz, lo que le llevó a vivir en Venecia, Italia, durante seis años antes de elegir a México como su último lugar de residencia. Ya instalado en Cuernavaca, se dice que Brady viajaba al menos tres meses al año y durante esos periplos continuó adquiriendo tanto arte contemporáneo, de diversas corrientes, como piezas arqueológicas de diferentes civilizaciones, textiles y cerámica, para incrementar su colección.

Después de adquirir la Casa de la Torre, el pintor estadounidense se encargó de remodelarla y dar una personalidad propia a cada espacio, incluso a los dos baños de la casa: el Amarillo, en la parte baja, y el Verde, en la parte superior, en los que además de las obras de arte y sus respectivos colores, destacan azulejos antiguos de Puebla, en el primero, y talavera en muebles y accesorios, en el segundo.

Brady murió el 20 de junio de 1986, previamente había comunicado a sus amigos más cercanos su deseo de que la casa se convirtiera en museo, por lo que se conformó la Fundación Robert Brady, a través de la cual se cumplió la voluntad del artista estadounidense y las puertas de este recinto, representativo de la belleza y encanto de Cuernavaca, fue abierto al público el 18 de febrero de 1990, después de cuatro años de acondicionamiento.

La sala amarilla

Uno de los espacios más vibrantes de la casa de Robert Brady es la Sala Amarilla, donde existe en un rincón con un pequeño altar dedicado a la artista afroamericana, nacionalizada francesa, Josephine Baker, así como el único cuadro que existe en México del pintor británico Graham Sutherland, y pinturas de la polaca Tamara de Lempicka.

El mayor tesoro de la Casa de Brady

En la recámara que ocupaba Robert Brady se encuentra el que nuestro guía Sergio considera el mayor tesoro de la colección de más de 1,300 obras de arte que logró reunir el artista estadounidense: un pequeño cuadro de la Virgen de Guadalupe, y compartimos su opinión.

Más que el tema, es la técnica utilizada lo que brinda su gran valor a esta pieza, se trata de una imagen realizada con plumas de colibrí y hoja de oro, sin tintas ni colorantes de tipo alguno, sobre papel amate. Se desconoce quién es el autor, así como la fecha precisa de su realización, aunque ésta se ubica alrededor del año 1700.

La despedida

Y aunque uno no quisiera irse de esta casa, en determinado momento llega la hora de la partida, sólo queda detenerse en el descanso de la escalera que conduce a la planta alta, cerrar los ojos en medio de las plantas que pueblan el patio y respirar profundo para llenarse con el aire que en este lugar huele a belleza.

Pero si quieres ampliar un rato más la estadía, puedes tomar un café o un té en el patio principal, en uno de cuyos rincones, en el subsuelo de un pequeño prado, descansan los restos de Robert Brady y de los dos perros que eran sus mascotas.

Museo Robert Brady

Ubicación: Netzahualcóyotl 4, Colonia Centro. Cuernavaca, Morelos ver ubicación
Horario: Martes a domingo, 10:00 a 18:00 horas
* Costo de acceso: entrada general $50MN; estudiantes, profesores e INAPAM $30MN