Zinacantán, tejiendo una nueva vida - Ruta al Descubierto
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Zinacantán, tejiendo una nueva vida

Aquí, una actividad ''exclusiva para mujeres'', como lo es el telar de cintura, ha dado a Petra y las demás integrantes de la comunidad la oportunidad de convertirse en pequeñas empresarias y elevar sus aspiraciones

04 Nov 19

Faja, alzador, cuerda y machete son parte de los elementos que conforman un telar, instrumento que parecería de simple composición pero que, en las manos correctas, se ha convertido en un símbolo de empoderamiento en Zinacantán.

Esas manos correctas son las de Petra González Montejo, una de las más de 315 mil mujeres tzotzil (tsotsil) que hay en México y que en cada palabra y acción es muestra de la revolución femenina que se vive en el mundo, pues ella es una mujer indígena que, como lo dice orgullosa, gana mucho más dinero que su pareja, sólo tiene un hijo y es prácticamente la mandamás de su familia.

A casi 900 kilómetros de Ciudad de México se encuentra Zinacantán, municipio del estado de Chiapas donde vive Petra. En esta población de poco más de 30 mil habitantes, la siembra de flores y la hechura de textiles son las dos actividades que sostienen la economía. Detrás de esos textiles, siglos del trabajo de las mujeres tzotzil (tsotsil) de la región son plasmados en cada tejido.

Y es que en una armonía perfecta, la tradición de heredar los talentos en el telar de madres a hijas se conjuga con las ganas de las nuevas generaciones de ser más que amas de casa o “costureras”, pues en la actualidad prácticamente son empresarias que generan desde los hilos hasta las prendas terminadas que comercializan tanto en Zinacantán como fuera de esta población.

Nuevos tiempos para las mujeres

“Para liberarse, la mujer debe sentirse libre, no para rivalizar con los hombres, sino libre en sus capacidades y personalidad”, dijo alguna vez Indira Gandhi. Esta frase representa la voz y la sonrisa de Petra, quien nos dio un recorrido por su taller y negocio de textiles, en lo que parecía un tour por los telares de Zinacantán, pero que terminó siendo una lección sobre las mujeres y el cambio que viven en esta zona del país.

De acuerdo con la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), más de 614 mil personas son indígenas tzotzil (tsotsil), una ramificación de los grupos mayas en México, que habitan en el centro de Chiapas. Además, este pueblo es uno de los nueve grupos con mayor población indígena en nuestro país.

Las mujeres conforman más de la mitad del pueblo tzotzil –315 mil 500 mujeres sobre 298 mil 500 hombres– y en apenas una década se dieron pasos gigantes en beneficio de las féminas. En Zinacantán, explica Petra, hace 10 o 12 años aún se acostumbraba que las mujeres se casaran desde los 12 años de edad, siendo todavía unas niñas.

Ahora, las mujeres que contraen nupcias entre los 20 y 25 años son “el estándar”, pero Petra sabe que a esa edad, ellas aún tienen mucho por hacer. Estudiar, generar su propio dinero, divertirse, vivir, son las acciones que enlista esta gran artesana como parte del bucket list que cualquier chica debería hacer antes de pensar siquiera en compartir su vida.

La narración de Petra se respalda con los datos de la CDI, que exponen que el número de mujeres indígenas que asisten a la escuela así como la cifra de las que forman parte de la Población Económicamente Activa (PEA) van en ascenso.

Entre 2010 y 2015, revelan datos del último Censo de Población, el número de mujeres indígenas de entre 6 y 14 años que asisten a la escuela se incrementó en un 2.4 por ciento, pasando de 91.9 por ciento del total de féminas en ese rango de edad que cursaban su escolaridad básica, al 94.3 por ciento.

El gran avance se expone en las mujeres indígenas que son parte de la PEA, pues de los más de 12 millones de integrantes de los pueblos originarios, 6.1 millones son mujeres y hasta el 2015 el 33.5 por ciento, poco más de 2 millones, genera ingresos, 10 por ciento más en relación con el 2010, cuando el porcentaje era apenas de 23.5 por ciento, es decir, apenas alrededor de 1.4 millones.

De telares y otros talentos

La hechura de textiles en Zinacantán no es exclusiva de un propósito comercial, es un estilo de vida en esta población que se mantiene como uno de los pueblos indígenas que aún utiliza las prendas que ahí mismo se elaboran, como su vestimenta del diario.

Petra sostiene una de esas piezas y comenta que una mujer de esta comunidad emplea como traje habitual una falda –regularmente lisa–, una blusa con ligeros bordados y el elemento estrella es una suerte de capa a la que llaman “alas de murciélago”, el nombre de esta vestimenta es como un homenaje al propio Zinacantán, conocido también como “Lugar de murciélagos”, pues en cuevas de la zona habitan ejemplares de estos animales.

Los bordados suelen llevar elementos relacionados con la historia de esta comunidad y puede emplearse desde una semana hasta tres meses para su realización. Las prendas más especiales son los trajes de boda, tanto para la novia como para el novio, y su costo puede alcanzar los 30 mil pesos; las prendas de diario, que son altamente atractivas para el turista y el consumidor local, pueden iniciar en los 500 pesos.

El aprendizaje de este oficio es exclusivo de las mujeres, por lo que no es de extrañarse que los hombres son los que atienden los locales de venta mientras ellas tejen. La enseñanza inicia desde que tienen de 8 años en adelante -en promedio- y se da en grupos de hasta una decena.

Este lugar resguardado entre las tradiciones es sagrado, la Iglesia de San Lorenzo es testigo de las celebraciones diarias, donde el pox (destilado regional de piloncillo y maíz) acompaña las buenas noticias y también las penas. Es ahí, en Zinacantán, donde mujeres como Petra reescriben su historia con algo tan “simple” como un tejido.